‘London Calling’, 40 años del disco que sacudió el punk

Una exposición en el Museo de Londres exhibirá por primera vez una colección de artículos de la banda que incluye notas, ropa e imágenes de aquel hito. Un disco doble considerado como el último gran álbum de los setenta.

“This is London calling…” (“Londres al habla…”). Así comenzaban sus emisiones los voluntariosos locutores de la BBC en los países ocupados durante la II Guerra Mundial. Una muletilla en las ondas de la que se sirvieron los integrantes del grupo británico The Clash para acuñar otra llamada, también urgente, que venía a filtrar el desasosiego de toda una generación inerme frente al individualismo rampante que preconizaba Thatcher.

Pasados 40 años de aquel aldabonazo punk, la ciudad de Londres rinde pleitesía a un disco doble que marcó época y amplió las hechuras del género, encallado por aquel entonces en el ‘no future’ y la peinetaUna exposición gratuita en el museo de la ciudad exhibirá por primera vez una colección de artículos de la banda que incluye notas, ropa e imágenes de aquel hito. Entre la melancolía y el justo tributo, el punk-rock va y se cuela en un museo y es inevitable preguntarse qué pensaría Joe Strummer –alma máter de la banda– al respecto.

La llamada de The Clash fue en realidad una respuesta, o mejor; un sarpullido en plena metrópoli al auge del desempleo, las crecientes tensiones sociales y el desmantelamiento de lo público. La ira política encuentra en el crisol de estilos musicales que propone el London Calling la banda sonora perfecta para una hipotética insurrección bastarda y periférica. Augurios de revuelta que acabaron convertidos en camiseta en un escaparate del Zara (de nuevo, qué pensaría el bueno de Strummer al respecto).

Rudie can’t fail o Wrong ‘em boyo son buena muestra de ese intento por sacar a paseo el punk, airearlo y cebarlo de multiculturalidad a base de ritmos caribeños, reggae y ska. Desfilan también por la playlist crónicas de su tiempo como The guns of Brixton, sobre los disturbios que tuvieron lugar en el barrio situado al sur de Londres, o ese guiño lleno de romanticismo y épica a la Guerra Civil en Spanish bombs.

Y en esa búsqueda incansable, coquetearon también con el rockabilly, el soul y el R&B, pusieron en marcha la batidora y les quedó un mejunje reconocible y sugerente. Un doble disco considerado como el último gran álbum de los setenta, elevado a la categoría de clásico por la revista Rolling Stone.

Junto a la furia y la capacidad de hibridar géneros, The Clash supieron dejar a un lado el nihilismo de sus compañeros de generación y le insuflaron una buena dosis de idealismo al invento. Para ello sólo tenían que mirar a su alrededor, impregnarse de cosmopolitismo y de diversidad, salir de la barricada y armarse de sentido para dotar al sarpullido de compromiso social y político (otra vez, qué pensaría Strummer del Brexit).

“Las letras del álbum reflejan preocupaciones contemporáneas, muchas de las cuales aún son relevantes hoy en día, ya que se alejó del punk tradicional al adoptar y reelaborar influencias musicales mucho más amplias”, escribe Beatrice Behlen, curadora del Museo de Londres que exhibe desde este viernes en sus vitrinas migajas de aquel banquete punk. El bajo roto Fender Precision de Paul Simonon, el mismo que aparece en la mítica portada (todavía de una pieza), cuadernos de Strummer en el período en el que ensayaron y grabaron el álbum, o unas baquetas de Topper Headon, batería de la banda.

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